SEMÁNTICA DE LA TRAICIÓN(Mucho se ha dicho y mucho se dirá sobre el episodio Gobierno-Campo y su resolución Senado-Cobos. Y es lógico: es histórico, se lo mire como se lo mire y desde el lugar que se lo mire. Este texto tiene esa función: es apenas un punto de vista más --o menos-- sobre lo que a este blog le compete: los medios, el lenguaje y su relación con nosotros. Y es un texto además para el Profesor Pablo Cámera, entenderá él por qué.)
1. En algún sentido, el final del episodio
puede leerse como una traición en tanto Cobos acompañaba ese proyecto político (
también dijo que no lo consultaron por la ley de retenciones). Al menos es válido suponerlo, y esto es, o debería ser, lo interesante:
la mirada objetiva. Quiero decir:
el tratar de ver a las cosas despojados de nuestras propias miradas sobre esas cosas. Y desde ahí, se acepta: desde ése lugar, Cobos concretó una traición. “Defeccionó”, como le gusta decir a la Presidenta
y un término que muchos periodistas berretas que ahora lo utilizan cada dos oraciones descubrieron cuando ella lo dijo, en todos los sentidos. ¿Tienen dudas? Lean
Sur. Ahí escribe gente que alguna vez fue periodista.
2. Pero hay que ver qué es traición para el kirchnerismo: en otro sentido,
Cobos desafió al poder.
Cobos es radical, de prosapia radical: hay convicciones, y manejos, que nunca mueren. No recuerdo quién me decía que
un radical es un peronista con culpa. Por eso Cobos reventaba por adentro cuando reventó al gobierno.
Un peronista lo hubiese hecho con una sonrisa en la cara, pero es probable que no lo hubiese hecho: la concepción del verticalismo peronista es demasiado profunda.
Tal vez otro peronista no hubiese desafiado el poder porque en ese verticalismo se esconde la esencia: mientras el poder esté de nuestro lado es cuestión de tiempo que me toque por un rato.
3. Según dijo después, Cobos votó de esa manera por respeto a las instituciones, más o menos. Incluso agregó que el empate entre los votos de los senadores era la prueba de que la mitad del país estaba en contra. Es un discurso bien radical:
la preservación de las instituciones democráticas a cualquier costo. La búsqueda del consenso y la peregrina suposición de que sólo la unidad casi total genera acciones valederas:
la primavera alfonsinista, digamos. Y entonces ahí resulta interesante detenerse en los discursos:
la Argentina fue a la par de lo que medió entre aquellas arengas humanistas de Alfonsín y los debates con sustancia ideológicas a las diatribas insultantes y mediáticas y vacías entre el campo y el gobierno (el país no encuentra todavía alguna que le dé resultado). Y ahora empezamos a pagar las consecuencias.
4. Incluso algo vuelve el asunto más interesante todavía:
a Cobos no le creemos. Los propios senadores oficialistas dijeron
off the record que el patrimonio de los que votaron en contra seguro se había acrecentado.
Y si no pensamos cuánto pensamos a cambio de qué, así se nos volvió la ideología y así se nos volvió la política:
un terreno en donde todo se compra y todo se vende. Y donde es normal pedir que bajen los carteles y hablar de la gente que no sale en cámara pero que está (total si la cámara no lo muestra es cuestión de que me lo digan por la tele)
o hacerse el campechudo bonachón y paternal para victimizarse y arrugar bombachas a cambio de futuros votos.
5. El conflicto, al fin, evidencia una lucha de clases,
pero en verdad es una lucha por poder. Tal vez por el poder de clase, o algo así. La ley fue y es una excusa:
lo que se disputan son espacios de poder. El presidente en la media sombra se metió con el poder económico (
es una manera posible de leer que se metió con la bendita redistribución, lo cual incluso puede ser bien mirado) y entonces ellos, el poder económico, le disputaron el poder político, espacio del matrimonio, y de la peor manera para un peronista:
sacándole gente a la calle.
Gran mérito y prueba de parte de los discursos de De Angelis, o de quienes lo inventaron en verdad: logró movilizar a gente que no salía siquiera a sacar la basura (los residuos, perdón).
6. Si en verdad se discutiesen ideas (
y discutir ideas equivaldría a discutir el bienestar de los otros, o de todos) se trataría de conciliar posiciones.
Pero como lo que se discute es el poder, o los espacios de poder en realidad –el poder es intrínsicamente inasible en su totalidad, apenas se lo agarra de a ratos y por partes--, todo, incluso la ideología, pasa a ser moneda de cambio y ahí, en ese terreno, los medios se vuelven padrinos del duelo: las partes los necesitan para demostrar poder.
Los discursos se volvieron evidencia más allá de la realidad. Por eso ahí se dirimirán las batallas y ahí será el pasado y el presente. Pero sobre todo el futuro. Ese es el verdadero problema.
7. Pero ocurre también que los padrinos del duelo son reclamados por los espectadores. En otro sentido:
las mismas personas son quienes le dan a los medios el lugar de difusores de la verdad (los medios, en el mejor de los casos, son difusores de
una verdad, y relativa). Y el gobierno y el campo. Y todos. El enojo de Kirchner con el grupo
Clarín lo demuestra: llevaron el conflicto al terreno del todo o nada porque de esa forma podían desmentir a los medios desde el lugar de nada.
Sólo que la desesperación por desmentir a los medios habla más de un abandono de posiciones que de una lectura de la realidad.
8. Un ejemplo didáctico: cuando De Angelis fue liberado después de ser detenido en la ruta, en uno de los momentos más complicados del problema, volvió a las rutas cortadas, lo recuerdan. En medio del tumulto generado por su llegada, un cronista de radio dijo:
"va a ser difícil llegar hasta él, hay mucha gente y mucho desorden porque todos se quieren acercar a saludar a este líder popular". Al menos en algunos medios el Alfredo se nos recibió de "líder popular". El punto es que yo entiendo, o creo entender, qué es un líder popular, o al menos qué debería serlo.
Pero tal vez todos los que escucharon la radio, no. Y compraron, y ahí está nuestra culpa. 9. Por otra parte, cuando epelmsdNK fue a Plaza de Mayo, también en un fin de semana crítico, en la misma radio se dio la secuencia. El cronista describía la llegada de Kirchner a la plaza y dijo
"hay empujones, hay desorden", pero lo dijo en tono descriptivo (incluso radiofónicamente era favorable:
podría haber sido "mucha gente saludando al líder popular"). Y se escuchó un grito patotero: "!No, no mientas, no hay empujones!", y acto seguido el cronista denunció al aire que le estaban pegando y se cortó la transmisión.
Efecto K: nada de lo que dicen los medios es verdad, ni siquiera cuando es verdad. 10. Pero la gente no es taaaaaaaan manipulable a pesar de todo. Al menos la mayoría no lo es hasta ciertos puntos (otra vez:
"se puede engañar a uno todo el tiempo y a muchos mucho tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo"). Entonces la realidad es la realidad. Sólo que, por culpa del mismo gobierno que se queja de los medios, esto se ve sólo desde un lado: desde la oposición.
Que se aprovecha y utiliza a los medios e inventa a un sub normal como De Angelis como un revolucionario de nueva cepa. Y el Alfredo habla para los medios y les da material (
Perfil lo sacó en tapa el domingo... !Con la madre!)
mientras la mesa de enlace les hace creer que la lucha es por ellos, por toda la Argentina. En ese punto coinciden los discursos, y eso es sintomático:
entonces ninguno dice la verdad .
Pero nosotros, como consumidores de medios, decidimos que sí, alguno dice la verdad y el otro miente. Tan simple y llano como eso (ojalá lo fuera).
Y como es una disputa de poder, los medios ofrecen el escenario perfecto:
lo que se dice más allá de lo que se hace. Si total decir es mucho más simple que hacer. El problema tal vez esté en quienes deciden creerle a uno u otro no por convicción ideológica sino por efecto mediático, casi como mirar
Gran Hermano. Después de los millones de puntos de rating que el engendro generó y seguirá generando, lo descubrieron: el poder está en el discurso, en lo que se dice.
El poder está en los medios. Ellos saben cómo manejarlos, somos nosotros los que no aprendemos a leerlos. Pero no por decisión de ellos, sino por culpa nuestra.